martes, 14 de octubre de 2014

Una vida más

Sus ojos no eran diferentes a los de otra persona, singularmente cansados, de color gris. Pero habían vivido cosas que ningún otro ojo había experimentado, reflejaban cansancio, resignación y en el fondo de esa dura mirada un atisbo de duda. "¿Merezco vivir así?" No obtuvo  respuesta entre el ruido de la calle, entre el tráfico y las pisadas apresuradas. Su silla es un rellano de portal, su cama trozos de cartón, su único amigo era un chucho húmedo y hambriento. La hora de la comida era  todo un reto, quizás un vecino le ofrecía algo, o quizás tuviera que acercarse a los restos que tiene enfrente.
Nosotros seguiríamos pasando de largo, indiferentes a su mirada, a su gesto cansado, a que no hablaba más que consigo mismo. Lo mirábamos con indiferencia, con pena, con repulsión, a veces ni sabíamos que estaba ahí. 
Simplemente era una persona, una vida más en este mundo, como nosotros, pero le tocó vivir de una forma más dura, de una forma menos humana. 

miércoles, 8 de octubre de 2014

Y me llaman

La brisa era fría, ésa era la única sensación descriptible de aquel momento. Realmente creía que su voz había sido un eco lejano, perdido en la inmensidad de un recuerdo. Pero seguía ahí. Seguía llamando a gritos, tomando la mano sin ganas, sudando a su lado en un intento de avanzar. Porque lo quería y esas ganas de estar junto a él ni nada ni nadie conseguirían que desapareciesen, era especial, era único.
Pero el frío quiso hacerse notar aún más sobre el silencio de su voz. Traté de  olvidarme, olvidarle. Prendí fuego a todas las palabras que no dijimos y dejé que las cenizas volasen.
Me despegué de la manta y me levanté, navegué por los pasillos de mi conciencia y encendí la voz de la radio, buscando en ella los recuerdos de aquel sueño agridulce, rememorando aquellos tiempos en los que no todo iba tan mal...

Sonó el timbre, mis ojos se abrieron tanto que dejaron que aquellos recuerdos me abandonaran. Enigmática, condescendiente y deseada, ahí estaba mi vida de nuevo. Le abracé con fuerza, deseando que no fuera otra vez una imagen que desaparece con las yemas de mis dedos, mientras me agarraba la mano afirmando que estaba allí conmigo.

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Indulto?


La puerta se abrió y, aun cegado por la luz, pude ver a quien sería mi verdugo. -Sal, anda, parece que hoy es tu día de suerte- dijo aquel hombre. Yo le di mis manos para que las uniera y así lo hizo.
Y me encontré ante el juez. Su expresión parecía cansada de escuchar mentira tras mentira. Sonreí y me acerqué a él dispuesto a decir la verdad.
-La vida ahí fuera no es nada fácil, ¿sabe?- comencé a decir. -Y yo soy culpable, robé, mas si lo hice fue porque aquí me aseguraban techo y un plato de comida al día. Y si robé donde más había fue porque así mi condena sería mayor. Pero no se preocupe, señor juez, que robar no fue mi primera opción. Antes de hacerlo recordé esos versos “oh poderosa muerte, que con callado pie todo lo igualas”. Mas a estas alturas pensé, ¿quién me asegura que aún no hayan comprado mi trozo de cielo? Y aquí me ve, esperando saber qué será de mí, si podré respirar con la seguridad que me otorga el saber que me espera un día más, igual al anterior, o si tendré que respirar ahí fuera, con esa duda de no saber si el aire que respiro es mío.
-¿Eso es todo?- preguntó el juez.
-Supongo que - contesté.

Tomó nota, sonrió y, mientras un policía soltaba mis esposas, afirmó: -enhorabuena, es usted libre-.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Conformismo múltiple

Otro día, la misma mierda. Aquello fue lo primero que pensé al despertar, como de costumbre, otro día más, otras 24 horas de monotonía, despertar, comer, estudiar, comer, estudiar, dormir. Sí, esa era mi vida, buscaba un cambio, pero ese cambio no aparecía y mi conformismo superaba notablemente a mis ganas de que algo fuese diferente. Cabe destacar el hecho de que me levanté con el pie izquierdo, pero mi vida se encontraba en un punto en el que las supersticiones ya no tenían cabida, básicamente, a veces pienso que me da igual todo, aunque no se hasta que punto esta afirmación es cierta. Bajé las escaleras medio dormido, con la cabeza en otro lado y los ojos prácticamente cerrados, más debido a la tristeza que al sueño que tenía. Me preparé mi café mañanero y me senté frente a aquella caja cuadrada que algunos llaman televisión, la encendí y comencé a observar las desgracias que afectaban a todo el mundo, mi atención duró apenas un par de minutos, hasta que mi cabeza volvió a perderse en la nada y las imágenes se convirtieron en borrosas visiones, las voces en ruido…
Me levanté y apagué aquel maldito aparato, o me cuentan penas, o me dicen mentiras, pensé. Apenas me quedaban unos minutos para tener que marchar y decidí tener mi momento de relax, lo necesitaba, puse aquella música que tanto me gustaba y me perdí entre aquellas palabras que inundaban mis oídos. Finalmente, salí por aquella puerta y balbuceé por segunda vez aquella cita con la que había despertado, otro día, la misma mierda, mientras tanto, aquella música seguía sonando y decía algo así como,

“En la vida hermano hay mucho más que dinero, trabajo y lágrimas, no todo va tan mal porque a veces las cosas más grandes son las más pequeñas, así que disfruta el momento sin pedir explicación, aprovecha el tiempo que el mañana puede ser peor, conserva la experiencia y no te dejes engañar, porque la verdad es que no todo va tan mal”.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Mira mejor

Sombras con luz propia se mueven a mí alrededor. Parpadeo con fuerza. Las voces son muy nítidas y me vuelven a contar la historia de siempre "¿hola? qué alegría ¿Cómo estás?" Unas manos me toman los hombros y me dan dos besos. Torpemente le respondo al beso e intento tocarle el hombro, ¿quién me había dicho que era? Me abandona y continúo caminando. Siguen moviéndose ciertas sombras, esta vez con colores diferentes, gritando de forma distinta. Tropiezo con algo bastante grande, caigo de bruces. Con las manos voy palpando el suelo, de miles de cuadraditos, el relieve se ha quedado clavado en mis manos y rodillas. Huele a polvo y a humedad, se sienten pasos, y me parece todo demasiado gris. Varias manos me ponen en pie, me sacudo y doy las gracias. Intento andar con más calma. El viento me ha puesto el pelo sobre los ojos. Acerco mis palmas y veo los arañazos del suelo. Suspiro. Con cuidado saco mis amigos cristales, me pongo mis grandes monturas y miro de nuevo. El parque está repleto de niños, de madres estresadas con un cigarrillo en la boca, de adolescentes riendo en esquinas. Hay perros corriendo y ladrando a sus dueños, o paseando tranquilamente por la hierba. Mis rodillas estaban totalmente rojas, al igual que mis codos. Con mi dedo corazón me subo las gafas, colocándolas bien. Sin querer les pego los dedos a los cristales. Una mancha en mitad del paisaje. Mis queridas compañeras, las tomo con cuidado y se resbalan. Intento mirar al suelo, no distingo nada. Vuelvo a suspirar y las piso con fuerza. No merece la pena ver tan bien, para lo que hay que ver.






martes, 9 de septiembre de 2014

"Rutina"

Hay quien vive atado al pasado,
hay quien vive sin vivir

Amaneció en el mismo lugar de siempre. Con los ojos entreabiertos miraba, asqueado, cómo le cegaba la claridad del día, de otro día. Aquel espíritu antes insaciable se encontraba tirado en la cama, abandonado por sí mismo a su suerte, carecía de fuerzas para levantarse o, al menos, de eso se había convencido. Ni hambre, ni sed, ni sueño. Impasible a todo cuanto le rodeaba había forjado su propia armadura, callo sobre callo, para mantener alejado cualquier dolor, cualquier miedo.
Como acostumbraba, ella abrió la puerta, tan puntual como siempre. Él no la miró, de sobra sabía cada peca de su nariz. Oyó algo de ruido y quiso intuir lo que hacía, pero no prestó demasiada atención; su curiosidad ya había muerto. Otra vez el desayuno a la cama, como si eso fuera a despertar sus ganas de vivir, sus ganas de estar con ella.
Pero, aquella vez, quién sabe si por un descuido o porque ella también se había cansado, el frío acero que le abrazaba sus cuatro extremidades le impidió llegar al desayuno.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Rumor

Hacía cincuenta años que no me quedaba tan quieto escuchando el rumor del mar, o quizás no era tan sólo eso lo que escuchaba sino mis propios recuerdos. Bueno, los míos y los de Víctor que miraba el mismo horizonte que yo, nostálgico y haciendo de segundo cayado para lo que el primero ya no podía soportar. Supuse que aquel día el atardecer nos acunaría en su regazo mientras el mar nos contaba los recuerdos del ayer. Tantas ideas en la mente bullendo, listas para salir y la mayoría he olvidado cómo plasmarlas. He olvidado cómo escribir. Me he hecho viejo.  Y es que hablar de las imperfecciones del cuerpo humano es como ser engullido por un abismo placentero de amargura extrema. Como conjugar las incoherencias de la mente con las de la madre naturaleza. Es como saberlo todo y no haber visto nada. Ser amante de la belleza enjuta y de la perfección desordenada, de la cólera de los más absolutos defectos.  He visto cientos de puestas de sol pero ningún amanecer. He visto crecer y marchitarse cientos de historias. He visto tantas y tantas cosas que el miedo vino por mí. Pensé ¿cómo no tener miedo de esta sociedad? Si ella está corrompida, pronto lo estaré yo. ¿Cómo no tenerle miedo a esta sociedad? Si me mintieron, si cuando intenté abrirme paso consiguieron que me replegara. Víctor me sonreía, mi niño, mi hijo. Hacía cincuenta años que no pensaba en la felicidad, que no salía de mi escondite. Pero he aprendido que vivir es un arte y que nunca es tarde para descubrir la dulzura de un silencio, para descubrir que tener miedo, forma parte del arte.