Nunca he temido a la oscuridad, su presencia siempre me hizo compañía. Era como esa trémula segunda piel, ese segundo nombre que modelaba mi esencia. Me encontraba prácticamente solo, el frío de aquel lugar era lo único que hacía percatarme de que seguía con vida...
Estaba agachado, con las rodillas cogidas y dejado caer sobre el áspero tronco de un árbol. Cerré los ojos. -Se acabó- dije intentando abandonar mi piel. Apreté mi puño; otro intento exasperado de cambiarlo todo, de seguir adelante.
Y fue entonces cuando caí en consciencia, ¿por qué habría de seguir aceptando cada norma, cada maldita moda que controlaba todo a mi alrededor? En ese momento me di un tiempo para pensar, tras unos segundos de silencio me pregunté: ¿realmente lo que hago en mi día a día es lo correcto? Los días pasan delante de mis ojos y he aprendido del tiempo que cada vez quedan menos opciones, que en cada cana muere una oportunidad y que el mundo cambia a una velocidad que nos va superando.
Sacudí la cabeza intentando que se disiparan todos aquellos pensamientos y me levanté lentamente; era mi momento, mi ahora o nunca, el comienzo de mi nuevo yo. Sonreí en la oscuridad, aquella que había sido mi eterna compañera se convertiría en mi escudo. Entonces, decidí caminar, me encontraba dispuesto a cambiar mi mundo, a hacer todo aquello que hasta ahora me había dado miedo a realizar por aquel "¿qué dirán los demás?". Y ya no quise huir, abandonar mi piel, el mundo era mío así, aquí y ahora.
Parpadeé un par de veces, esa forma de cambiar mi mundo la tenía yo y empezaría por ver de otra manera, cambiar mi perspectiva y encontrar aquello que me hiciese realmente feliz.
Así que ahora sí que comienza la verdadera metamorfosis de mi vida.
Los cuatro puntos cardinales de Vidas en metamorfosis