Actuando siempre como reconocidos desconocidos, creyendo saber en qué momento podría dibujarte las alas. Y es que me pensaba dueña de todo lo tuyo, de todo lo que tu mente había creído pensar en el momento en el que nuestras miradas se encontraban. Pero eras tú, tan extraña, la que se había adueñado de mí. Eras tú la que dibujaba lágrimas en mi rostro y hacía que mi mirada pareciese perdida, ida.
Aun recuerdo la cantidad de veces que me engañabas, la cantidad de veces que el peso parecía una broma. Nunca era suficiente; nada lo era. Te reías de mí, pero tú también estabas pálida y nunca guapa.
Deshacerme de todo lo que ingería parecía haberse convertido en rutina y yo parecía haberme convertido en esclava, que no sólo de ella, sino también de ti.
Hoy he decidido escribirte esta carta para que sepas que me dejé ayudar, que entre todos me enseñaron a hacerte trizas, a dejar tus cristales rotos en el suelo. Y es que tú, querida imagen del espejo, nunca fuiste yo, nunca trataste de ayudarme ni nunca me mostraste la verdad. Por eso hoy, he decidido acabar con los patrones por fin, ser yo de nuevo y regalarle sonrisas a la imagen que me devuelve el agua del vaso. Porque se acabó, no quiero volverte a ver. Hoy, he decidido ser feliz.

