La brisa era fría, ésa era la única sensación descriptible
de aquel momento. Realmente creía que su voz había sido un eco lejano, perdido
en la inmensidad de un recuerdo. Pero seguía ahí. Seguía llamando a gritos,
tomando la mano sin ganas, sudando a su lado en un intento de avanzar. Porque
lo quería y esas ganas de estar junto a él ni nada ni nadie conseguirían que
desapareciesen, era especial, era único.
Pero el frío quiso hacerse notar aún más sobre el silencio
de su voz. Traté de olvidarme,
olvidarle. Prendí fuego a todas las palabras que no dijimos y dejé que las
cenizas volasen.
Me despegué de la manta y me levanté, navegué por los
pasillos de mi conciencia y encendí la voz de la radio, buscando en ella los
recuerdos de aquel sueño agridulce, rememorando aquellos tiempos en los que no
todo iba tan mal...
Sonó el timbre, mis ojos se abrieron tanto que dejaron que
aquellos recuerdos me abandonaran. Enigmática, condescendiente y deseada, ahí
estaba mi vida de nuevo. Le abracé con fuerza, deseando que no fuera otra vez
una imagen que desaparece con las yemas de mis dedos, mientras me agarraba la
mano afirmando que estaba allí conmigo.

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