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martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué encontré abajo?

Miras a un lado y a otro. Se agolpan miles de sentimientos en tu corazón que rebotan como si jugara al baloncesto. Asomada a la borda piensas en tus opciones, ¿te tiras? ¿bajas por las escaleras? ¿te quedas sentada como hasta ahora? Decides bajar por las escaleras, muy lentamente, mientras algunos niños suben corriendo y resbalando, y otros empujan a tu espalda para bajar. ¿Te lanzas desde el escalón? ¿O bajas hasta el final? Te lanzas chapoteando, el frío que toma tu garganta te hace un nudo que va desde tu boca hasta los riñones. Sigues chapoteando, con un agobio monumental, y entonces caes en la cuenta de que estás en pleno mar y que tus movimientos pueden llamar la atención de algún ser escamoso. Intentas relajarte pero tu respiración parece saltarse los segundos en los que tu corazón se congela. Mueves las manos tranquilamente, aunque tiemblan casi tanto como tus piernas, que parecen inmóviles.

¿Y si miro debajo del agua? ¿Me tranquilizaré? Seguramente. Hundes la cabeza poco a poco y ves la inmensidad que te abraza. Tiemblas. El barco parece el doble de grande, y a la vez minúsculo en comparación con el agua. Es muy azul, muy oscura y profunda. Ves que a muchos metros hay tierra. Tiemblas, tiemblas y te arrepientes de haber nacido para ver eso. Miras al otro lado, donde no hay barco, maldita inmensidad. Maldito océano. Levantas la cabeza respirando peor, miras a tu alrededor como todos chapotean. Inconscientes, piensas, mientras con resignación y una sonrisilla falsa vas hacia la escalera para sentir a salvo el poco pellejo que tienes. 

lunes, 29 de junio de 2015

Libertad de marca blanca

La sonrisa se dibujó en su conciencia. Se borró todo rastro de esa antigua culpa, o de esos malos recuerdos. Dejó atrás esa cadena que le impedía moverse con  facilidad. Saboreó algo parecido a la libertad, aunque fuera de marca blanca. Abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Se sentó con parsimonia en el asiento. Notó miles de miradas que cuchicheaban. Cerró sus ojos. De nuevo ese falso sabor a libertad. Respiraba entrecortadamente. El cansancio era cada vez más latente, pero le gustaba.Sentía que el cansancio le abrazaba dulcemente.  De fondo aparecían palabras y frases, algunas terminadas en interrogaciones. Sin embrago, solo se repetía una y otra vez el estribillo de su canción favorita. Le llevaron de vuelta a la realidad de una sacudida. Tras un breve zarandeo se dignó a mirar al bastardo que le había interrumpido en el momento exacto en el que estallaba la música. Le tomó la muñeca con fuerza y le apretó las esposas, agarrando el otro extremo al brazo de la silla donde se sentaba. Resignado, suspiró mientras se acariciaba la muñeca dolorida. Aún tenía rastros grasientos y viscosos en su camisa. Desde una esquina un gordinflón hablaba con alguien que una puerta abierta escondía de su vista. El gordinflón le señaló con los papeles que tenía entre sus dedos chorizos. Lo tomaron por la espalda, quitándole las esposas y llevándole hasta la habitación donde se escondía el tipo. Antes de pasar, se giró:
- He sido yo, ya os lo he dicho. Soy culpable.- Qué dulce le era decir aquello.  
- Lo sabemos- Le empujó dentro de la habitación con fuerza- ahora quiero que nos expliques cómo lo hiciste.
Estaba demasiado oscuro para sus ojos, aunque solo fueron unos segundo. Le condujeron hasta una silla, encendieron una lámpara que apuntaba a su cara. No hubo tiempo para preguntas, simplemente comenzó a hablar. Tuvo que sonreír mientras explicaba con detalles todo lo ocurrido. Disfrutó viendo la cara de repulsión de quién le entrevistaba. Miró con indiferencia su camisa y arañó una de las manchas que poseía, como un  intento de hacerla desaparecer. Desde el principio supo que, además de inevitable, iba a ser inminente. No pensó en esconderse ni por un minuto. Era extrañamente agradable, cada  vez que era más consciente de su culpa, se sentía más ligero; menos culpable.

lunes, 11 de mayo de 2015

Qué nos queda

Resignación. Es lo único que le queda a esta altura de la vida. El resto de sus pertenencias las tuvo que dar, mayormente a cambio de algo que contuviera más de cinco grados de alcohol o que pudiera ocupar sus pulmones durante unos segundo, y su cabeza por horas. Camina despacio, ya no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Se mueve sin un rumbo, simplemente buscando algo que pueda echar en su carro. Sus paseos le llevan a sentarse en cualquier lugar. También han conseguido que su piel arrugada se cuarte y tenga un moreno sucio. Un día, incluso, se sentó al lado de mi contenedor de basura. Recuerdo que llevaba una gorra, ropa algo antigua, y que la resignación le pesaba mucho más que los años que pudiera tener. Parecía hablar consigo mismo, pero en silencio. Miraba con rapidez a un lado y a otro, pero sin buscar nada en particular. Bueno, quizás la resignación de sus ojos hiciera juego con el rojo que ocupaba lo que en algún momento fue blanco. No llegué a olerlo, pero no creo que oliera mal, creo que olería a recuerdos, a mala vida, a cansancio. Tenía las piernas cruzadas cuando pronunció algo muy bajito, en su propio idioma. No pude obviar su presencia, pero temía mirarlo, sentir que podría entender lo que estaba diciendo. Me bastó mirarle de lejos para saber que no querría estar en su lugar, para que me invadiera la pena. Pero también me transmitió su pesar, su resignación humana. Temblé cuando pasé a su lado e hice ver que le ignoraba. Temblé por mi mimetismo social, por ese conformismo estamental tan medieval. Por no mostrar compasión y solo sentirla. Por pensar que puede haber mejores y peores personas, pero no llegar a conocer a ninguna, y sin embargo clasificarlas. De nuevo, nos resignamos a ser humanos, cada uno con su rol. Es lo que nos queda a todos al fin y al cabo, pues llegará un momento en el que ninguno de nosotros podamos permitirnos ni cinco grados de cualquier alcohol.

martes, 10 de febrero de 2015

Lo intentaré, aunque no pueda

Hoy, he decidido ser feliz. No me preguntes por qué. Sé que no estoy cuerda  y nadie me entenderá. Que será arriesgado ser feliz todo el maldito día, pero ya lo he decidido. Me levanté con los ojos más cansados  y con menos ganas de levantarme que nunca. Hoy me pesa más el cuerpo, las sábanas me hacen daño. Pero hoy he decidido ser feliz. Quizás mañana ya no lo sienta, o quizás sea la resaca del ayer lo que me haga decir esto. Pero lo voy a intentar. Qué digo, lo voy a conseguir. Voy a saborear cada vez que respire, disfrutaré de cada palpitar de mi corazón. Seré fuerte y levantaré la mano y saludaré a todos mis compañeros de celda (a los que llamamos penas). La luz que me lamerá la piel entrará por ventanas, no podré dar un paseo más allá de mi pasillo. Es blanco y limpio, y lo poco que podré ver. Pero siempre habrá una mano para ayudarme a terminar mi pequeño recorrido, no estoy tan sola como me veo. Comeré con ganas, miraré con alegría lo que me espera. Lucharé ante todo, no van a poder conmigo. Sé que he perdido, pero eso no me quita mi derecho a sentirme vencedora.  No volveré a dejarme llevar por esos fármacos. Intentaré correr, aunque no pueda. Por muy pegadas que estén mis sábanas voy a levantarme. Me da igual que mi destino esté pre-escrito, siempre puedo buscar un final alternativo. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Es un día gris

Como cada día, nos despertamos para representar la eterna función, la función del nunca acabar. Nos colocamos nuestras caretas, ocultamos nuestro verdadero rostro. Todo es mero teatro, la obra de nuestra vida. Y quien mejor para vivirla sino nosotros.


Es lunes. Creo que no existe mejor palabra para un día como hoy en una ciudad como esta. Es un día gris, es un día de dolor de cabeza. Un día triste en el que tu única compañía es la cama, la sabana y una blanca almohada. Las gomas dulces nos acompañan en los mejores momentos, endulzando un pequeño trozo de tiempo. La lluvia cae, suena muy fuerte sobre los capós, y se electrifica con el viento. Electricidad. Eso es lo que le faltaba a un día como hoy. Un rayo, una luz que parte el cielo en dos. Y más de un alma. Es lunes

martes, 14 de octubre de 2014

Una vida más

Sus ojos no eran diferentes a los de otra persona, singularmente cansados, de color gris. Pero habían vivido cosas que ningún otro ojo había experimentado, reflejaban cansancio, resignación y en el fondo de esa dura mirada un atisbo de duda. "¿Merezco vivir así?" No obtuvo  respuesta entre el ruido de la calle, entre el tráfico y las pisadas apresuradas. Su silla es un rellano de portal, su cama trozos de cartón, su único amigo era un chucho húmedo y hambriento. La hora de la comida era  todo un reto, quizás un vecino le ofrecía algo, o quizás tuviera que acercarse a los restos que tiene enfrente.
Nosotros seguiríamos pasando de largo, indiferentes a su mirada, a su gesto cansado, a que no hablaba más que consigo mismo. Lo mirábamos con indiferencia, con pena, con repulsión, a veces ni sabíamos que estaba ahí. 
Simplemente era una persona, una vida más en este mundo, como nosotros, pero le tocó vivir de una forma más dura, de una forma menos humana. 

viernes, 12 de septiembre de 2014

Mira mejor

Sombras con luz propia se mueven a mí alrededor. Parpadeo con fuerza. Las voces son muy nítidas y me vuelven a contar la historia de siempre "¿hola? qué alegría ¿Cómo estás?" Unas manos me toman los hombros y me dan dos besos. Torpemente le respondo al beso e intento tocarle el hombro, ¿quién me había dicho que era? Me abandona y continúo caminando. Siguen moviéndose ciertas sombras, esta vez con colores diferentes, gritando de forma distinta. Tropiezo con algo bastante grande, caigo de bruces. Con las manos voy palpando el suelo, de miles de cuadraditos, el relieve se ha quedado clavado en mis manos y rodillas. Huele a polvo y a humedad, se sienten pasos, y me parece todo demasiado gris. Varias manos me ponen en pie, me sacudo y doy las gracias. Intento andar con más calma. El viento me ha puesto el pelo sobre los ojos. Acerco mis palmas y veo los arañazos del suelo. Suspiro. Con cuidado saco mis amigos cristales, me pongo mis grandes monturas y miro de nuevo. El parque está repleto de niños, de madres estresadas con un cigarrillo en la boca, de adolescentes riendo en esquinas. Hay perros corriendo y ladrando a sus dueños, o paseando tranquilamente por la hierba. Mis rodillas estaban totalmente rojas, al igual que mis codos. Con mi dedo corazón me subo las gafas, colocándolas bien. Sin querer les pego los dedos a los cristales. Una mancha en mitad del paisaje. Mis queridas compañeras, las tomo con cuidado y se resbalan. Intento mirar al suelo, no distingo nada. Vuelvo a suspirar y las piso con fuerza. No merece la pena ver tan bien, para lo que hay que ver.






sábado, 23 de agosto de 2014

¿Y si es solo este momento?

¿Qué hemos cambiado de nuestros momentos? ¿Teníamos intención de conseguir algo?
Nos dejábamos la piel a trozos, con prisas de nuestras miradas.
Los momentos de intimidad se estampaban directamente contra nosotros, no hacía falta que los buscáramos.
Me gustaba que nuestras manos se rozaran. Me gustaba coger la tuya y pensar que era la mía. 
A ti te gustaba hundir tus dedos entre mi pelo, mirarme en la distancia.
Nunca escuché lo que pensabas, a veces creo que no llegó a importarme. Otras recuerdo que tú no quisiste.
Vivíamos segundos, minutos... Pero se nos hacían tan horas. Siempre acabamos midiéndonos en momentos.

Somos los recuerdos de nuestras caricias, sus sombras entre las sábanas. Fuimos la sonrisa que se perdió en aquel mes de otoño. Ese fin de semana que nunca llegó, y ese único (maldito) plan de futuro.  
Tampoco recuerdo una verdad, pero no hubo mentiras.

Hoy llueve, con alegría. Con ganas pero sin fuerza. El agua lame donde cae, acaricia los objetos que tenemos entre la oscuridad
Brilla bajo las farolas, y nos hacen sonreír. Calma el ambiente, el calor de la ausencia. 
Me recuerda a esa vez que llovió, meses atrás, tan cerca de mí. 

¿Hemos encontrado las sombras de aquello entre otras espaldas? 
¿Seguimos persiguiéndonos entre otras miradas? 
Siempre habrá otra espalda, otro lugar del que engancharse, no iremos más allá en busca del pasado.

Al menos nos quedan esos momentos, algo exhalados.

viernes, 8 de agosto de 2014

Lobo de mar

Parpadeas, huele a mar. Estás callejeando con rapidez entre un gran tumulto. Los cuerpos sin rostro se chocan contigo, te pisan. Giras la cabeza de un lado a otro, buscando algo que nunca suele aparecer. Vuelves a parpadear, te paras. Observas pegada a la pared cómo la gente sigue moviéndose sin sentido, pasando como borregos. Les das la espalda, no quieres mirarlos. A los segundos te vuelves a girar. En frente, pegado contra la otra pared, una cabeza algo cana está suavemente girada. Se pone entre los labios un cigarro, y con la ayuda de sus dos manos se lo enciende. Con una de sus palmas tapa el cigarro mientras la otra mantiene el mechero. Exhala por primera vez, todo el humo sale y se descompone con el ambiente. Vuelve a llevarse el cigarro a los labios. Mira más allá de los cuerpos que se amontonan ente el ancho y largo de la calle.

Tiene una expresión muy fría, sus ojos oscuros parecen sacados del mismo océano. Su pelo fue oscuro y rebelde, ahora más blanco, dándole un aire grisáceo a su cabellera.  Sus manos son fuertes, y se ven ásperas, son unas manos trabajadas, de esas que tienen miles de historias que contar. Lleva una camiseta de manga corta, mientras todos llevamos chaquetas. Sus pantalones anchos desfiguran sus piernas, la derecha apoyándose en la pared. 

Me gustaría imaginar que es un marinero, un marinero perdido en tierra. De esos lobos de mar que se vieron obligados a no embarcar más. Sería el que mejor sabría hacer nudos dentro de la embarcación. El más silencioso, pero el que más historias tendría que contar. Enamorado de su mar, nunca querría estar en la ciudad, simplemente le bastaría con estar en el barco. Mano derecha del capitán, confidente, su seriedad haría que te pensaras dos veces si hablar con él. En las noches que echaban ancla en la costa, se sentiría obligado a salir de su fortaleza y buscar compañía entre los vasos de sus bares favoritos, siempre con un poco de hielo. Al amanecer estará siempre fuera del camarote, mirando ese poema de la naturaleza. Pero eso se acabó, se condenó a pisar la ciudad todos los días del resto de su existencia. Se condenó a beber todas las noches. A soñar de madrugada que el mar le lamía los pies, que la sal se le pegaba a las piernas, entonces sonríe entre sueños.

El humo vuelve a salir de su boca. Se le está acabando pero ya no piensa en fumar de nuevo. Yo miro a otro lado. Imaginando lo que ese hombre puede ser. Quizás no sea realmente un antiguo bucanero, y sólo es un hombre de playa, un hombre sin grandes preocupaciones que tiene una vida sencilla, que se alegra del viento o el sol que haya. O quizás no es nada de esto, quizás es otro pobre hombre de esta bella ciudad. O simplemente otro fumador de esta calle. Quizás ni siquiera estaba allí cuando yo miré.
  
El cigarrillo cayó al suelo, rebotó y las chispas se apagaron cuando entró en contacto con el agua del suelo.