viernes, 8 de agosto de 2014

Lobo de mar

Parpadeas, huele a mar. Estás callejeando con rapidez entre un gran tumulto. Los cuerpos sin rostro se chocan contigo, te pisan. Giras la cabeza de un lado a otro, buscando algo que nunca suele aparecer. Vuelves a parpadear, te paras. Observas pegada a la pared cómo la gente sigue moviéndose sin sentido, pasando como borregos. Les das la espalda, no quieres mirarlos. A los segundos te vuelves a girar. En frente, pegado contra la otra pared, una cabeza algo cana está suavemente girada. Se pone entre los labios un cigarro, y con la ayuda de sus dos manos se lo enciende. Con una de sus palmas tapa el cigarro mientras la otra mantiene el mechero. Exhala por primera vez, todo el humo sale y se descompone con el ambiente. Vuelve a llevarse el cigarro a los labios. Mira más allá de los cuerpos que se amontonan ente el ancho y largo de la calle.

Tiene una expresión muy fría, sus ojos oscuros parecen sacados del mismo océano. Su pelo fue oscuro y rebelde, ahora más blanco, dándole un aire grisáceo a su cabellera.  Sus manos son fuertes, y se ven ásperas, son unas manos trabajadas, de esas que tienen miles de historias que contar. Lleva una camiseta de manga corta, mientras todos llevamos chaquetas. Sus pantalones anchos desfiguran sus piernas, la derecha apoyándose en la pared. 

Me gustaría imaginar que es un marinero, un marinero perdido en tierra. De esos lobos de mar que se vieron obligados a no embarcar más. Sería el que mejor sabría hacer nudos dentro de la embarcación. El más silencioso, pero el que más historias tendría que contar. Enamorado de su mar, nunca querría estar en la ciudad, simplemente le bastaría con estar en el barco. Mano derecha del capitán, confidente, su seriedad haría que te pensaras dos veces si hablar con él. En las noches que echaban ancla en la costa, se sentiría obligado a salir de su fortaleza y buscar compañía entre los vasos de sus bares favoritos, siempre con un poco de hielo. Al amanecer estará siempre fuera del camarote, mirando ese poema de la naturaleza. Pero eso se acabó, se condenó a pisar la ciudad todos los días del resto de su existencia. Se condenó a beber todas las noches. A soñar de madrugada que el mar le lamía los pies, que la sal se le pegaba a las piernas, entonces sonríe entre sueños.

El humo vuelve a salir de su boca. Se le está acabando pero ya no piensa en fumar de nuevo. Yo miro a otro lado. Imaginando lo que ese hombre puede ser. Quizás no sea realmente un antiguo bucanero, y sólo es un hombre de playa, un hombre sin grandes preocupaciones que tiene una vida sencilla, que se alegra del viento o el sol que haya. O quizás no es nada de esto, quizás es otro pobre hombre de esta bella ciudad. O simplemente otro fumador de esta calle. Quizás ni siquiera estaba allí cuando yo miré.
  
El cigarrillo cayó al suelo, rebotó y las chispas se apagaron cuando entró en contacto con el agua del suelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario