Parpadeas, huele a mar. Estás
callejeando con rapidez entre un gran tumulto. Los cuerpos sin rostro se chocan
contigo, te pisan. Giras la cabeza de un lado a otro, buscando algo que nunca
suele aparecer. Vuelves a parpadear, te paras. Observas pegada a la pared cómo
la gente sigue moviéndose sin sentido, pasando como borregos. Les das la
espalda, no quieres mirarlos. A los segundos te vuelves a girar. En frente,
pegado contra la otra pared, una cabeza algo cana está suavemente girada. Se
pone entre los labios un cigarro, y con la ayuda de sus dos manos se lo
enciende. Con una de sus palmas tapa el cigarro mientras la otra mantiene el
mechero. Exhala por primera vez, todo el humo sale y se descompone con el
ambiente. Vuelve a llevarse el cigarro a los labios. Mira más allá de los
cuerpos que se amontonan ente el ancho y largo de la calle.
Tiene una expresión muy fría, sus
ojos oscuros parecen sacados del mismo océano. Su pelo fue oscuro y rebelde,
ahora más blanco, dándole un aire grisáceo a su cabellera. Sus manos son fuertes, y se ven ásperas, son
unas manos trabajadas, de esas que tienen miles de historias que contar. Lleva
una camiseta de manga corta, mientras todos llevamos chaquetas. Sus pantalones
anchos desfiguran sus piernas, la derecha apoyándose en la pared.
Me gustaría imaginar que es un
marinero, un marinero perdido en tierra. De esos lobos de mar que se vieron
obligados a no embarcar más. Sería el que mejor sabría hacer nudos dentro de la
embarcación. El más silencioso, pero el que más historias tendría que contar.
Enamorado de su mar, nunca querría estar en la ciudad, simplemente le bastaría
con estar en el barco. Mano derecha del capitán, confidente, su seriedad haría
que te pensaras dos veces si hablar con él. En las noches que echaban ancla en
la costa, se sentiría obligado a salir de su fortaleza y buscar compañía entre
los vasos de sus bares favoritos, siempre con un poco de hielo. Al amanecer
estará siempre fuera del camarote, mirando ese poema de la naturaleza. Pero eso
se acabó, se condenó a pisar la ciudad todos los días del resto de su
existencia. Se condenó a beber todas las noches. A soñar de madrugada que el
mar le lamía los pies, que la sal se le pegaba a las piernas, entonces sonríe
entre sueños.
El humo vuelve a salir de su
boca. Se le está acabando pero ya no piensa en fumar de nuevo. Yo miro a otro
lado. Imaginando lo que ese hombre puede ser. Quizás no sea realmente un
antiguo bucanero, y sólo es un hombre de playa, un hombre sin grandes
preocupaciones que tiene una vida sencilla, que se alegra del viento o el sol
que haya. O quizás no es nada de esto, quizás es otro pobre hombre de esta
bella ciudad. O simplemente otro fumador de esta calle. Quizás ni siquiera
estaba allí cuando yo miré.
El cigarrillo cayó al suelo,
rebotó y las chispas se apagaron cuando entró en contacto con el agua del
suelo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario