martes, 12 de agosto de 2014

Recuerdos dormidos

Y al levantarse, como acostumbraba, leyó la nota de su mesita esperando que los vestigios de un recuerdo ya borroso llegasen a su mente. Esperando que aquel pasado se hiciera un poco presente, lanzando de nuevo la nota a la mesita.
Dejó toda su realidad de lado durante unos momentos; volvió a tumbarse en aquella vieja cama y cerró los ojos esperando a que algo pasase. Que ella decidiera volver aunque él ya casi nunca recordara su nombre, incluso que se hubiera ido. Noche sí, noche también, tratando de ponerle un rostro que jamás era el suyo. Se maldijo por no tenerla, por pensar en ella, por respirar aún su perfume, por verla a su lado aunque ya no estuviera. Se preguntaba qué era aquello que lo había condenado a ese sufrimiento, ignoró la causa de ello y desdibujó la tristeza de su rostro.
De nuevo, al levantarse, como acostumbraba, leyó la nota de su mesita. Quizás fuera el momento de hacer trizas aquel recordatorio acérrimo de su ausencia, vivir sin más. Lo agarró entre sus manos, hundiendo los dedos hasta hacerlo una bola, lo lanzó por encima de su cabeza, y se levantó.
Por enésima vez, el mundo se encontraba en sus manos, a partir de ahora podría modelar su vida tal y como él quisiera.
Y esa felicidad momentánea desapareció cuando miró otra nota que señalaba un cajón; lo abrió y encontró una fotografía tan empolvada como sus recuerdos. Pero, aquella vez, un atisbo de memoria quiso volver a él y sus labios comenzaron a moverse solos dibujando su nombre. Ése que creía que jamás volvería a pronunciar. Mamá. Ése era su hálito, su recuerdo. Su vida.

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