Miras a un lado y a otro. Se
agolpan miles de sentimientos en tu corazón que rebotan como si jugara al
baloncesto. Asomada a la borda piensas en tus opciones, ¿te tiras? ¿bajas por
las escaleras? ¿te quedas sentada como hasta ahora? Decides bajar por las escaleras,
muy lentamente, mientras algunos niños suben corriendo y resbalando, y otros
empujan a tu espalda para bajar. ¿Te lanzas desde el escalón? ¿O bajas hasta el
final? Te lanzas chapoteando, el frío que toma tu garganta te hace un nudo que
va desde tu boca hasta los riñones. Sigues chapoteando, con un agobio
monumental, y entonces caes en la cuenta de que estás en pleno mar y que tus
movimientos pueden llamar la atención de algún ser escamoso. Intentas relajarte
pero tu respiración parece saltarse los segundos en los que tu corazón se
congela. Mueves las manos tranquilamente, aunque tiemblan casi tanto como tus
piernas, que parecen inmóviles.
¿Y si miro debajo del agua? ¿Me
tranquilizaré? Seguramente. Hundes la cabeza poco a poco y ves la inmensidad que
te abraza. Tiemblas. El barco parece el doble de grande, y a la vez minúsculo
en comparación con el agua. Es muy azul, muy oscura y profunda. Ves que a
muchos metros hay tierra. Tiemblas, tiemblas y te arrepientes de haber nacido
para ver eso. Miras al otro lado, donde no hay barco, maldita inmensidad.
Maldito océano. Levantas la cabeza respirando peor, miras a tu alrededor como
todos chapotean. Inconscientes, piensas, mientras con resignación y una
sonrisilla falsa vas hacia la escalera para sentir a salvo el poco pellejo que
tienes.

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