martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué encontré abajo?

Miras a un lado y a otro. Se agolpan miles de sentimientos en tu corazón que rebotan como si jugara al baloncesto. Asomada a la borda piensas en tus opciones, ¿te tiras? ¿bajas por las escaleras? ¿te quedas sentada como hasta ahora? Decides bajar por las escaleras, muy lentamente, mientras algunos niños suben corriendo y resbalando, y otros empujan a tu espalda para bajar. ¿Te lanzas desde el escalón? ¿O bajas hasta el final? Te lanzas chapoteando, el frío que toma tu garganta te hace un nudo que va desde tu boca hasta los riñones. Sigues chapoteando, con un agobio monumental, y entonces caes en la cuenta de que estás en pleno mar y que tus movimientos pueden llamar la atención de algún ser escamoso. Intentas relajarte pero tu respiración parece saltarse los segundos en los que tu corazón se congela. Mueves las manos tranquilamente, aunque tiemblan casi tanto como tus piernas, que parecen inmóviles.

¿Y si miro debajo del agua? ¿Me tranquilizaré? Seguramente. Hundes la cabeza poco a poco y ves la inmensidad que te abraza. Tiemblas. El barco parece el doble de grande, y a la vez minúsculo en comparación con el agua. Es muy azul, muy oscura y profunda. Ves que a muchos metros hay tierra. Tiemblas, tiemblas y te arrepientes de haber nacido para ver eso. Miras al otro lado, donde no hay barco, maldita inmensidad. Maldito océano. Levantas la cabeza respirando peor, miras a tu alrededor como todos chapotean. Inconscientes, piensas, mientras con resignación y una sonrisilla falsa vas hacia la escalera para sentir a salvo el poco pellejo que tienes. 

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