lunes, 29 de junio de 2015

Libertad de marca blanca

La sonrisa se dibujó en su conciencia. Se borró todo rastro de esa antigua culpa, o de esos malos recuerdos. Dejó atrás esa cadena que le impedía moverse con  facilidad. Saboreó algo parecido a la libertad, aunque fuera de marca blanca. Abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Se sentó con parsimonia en el asiento. Notó miles de miradas que cuchicheaban. Cerró sus ojos. De nuevo ese falso sabor a libertad. Respiraba entrecortadamente. El cansancio era cada vez más latente, pero le gustaba.Sentía que el cansancio le abrazaba dulcemente.  De fondo aparecían palabras y frases, algunas terminadas en interrogaciones. Sin embrago, solo se repetía una y otra vez el estribillo de su canción favorita. Le llevaron de vuelta a la realidad de una sacudida. Tras un breve zarandeo se dignó a mirar al bastardo que le había interrumpido en el momento exacto en el que estallaba la música. Le tomó la muñeca con fuerza y le apretó las esposas, agarrando el otro extremo al brazo de la silla donde se sentaba. Resignado, suspiró mientras se acariciaba la muñeca dolorida. Aún tenía rastros grasientos y viscosos en su camisa. Desde una esquina un gordinflón hablaba con alguien que una puerta abierta escondía de su vista. El gordinflón le señaló con los papeles que tenía entre sus dedos chorizos. Lo tomaron por la espalda, quitándole las esposas y llevándole hasta la habitación donde se escondía el tipo. Antes de pasar, se giró:
- He sido yo, ya os lo he dicho. Soy culpable.- Qué dulce le era decir aquello.  
- Lo sabemos- Le empujó dentro de la habitación con fuerza- ahora quiero que nos expliques cómo lo hiciste.
Estaba demasiado oscuro para sus ojos, aunque solo fueron unos segundo. Le condujeron hasta una silla, encendieron una lámpara que apuntaba a su cara. No hubo tiempo para preguntas, simplemente comenzó a hablar. Tuvo que sonreír mientras explicaba con detalles todo lo ocurrido. Disfrutó viendo la cara de repulsión de quién le entrevistaba. Miró con indiferencia su camisa y arañó una de las manchas que poseía, como un  intento de hacerla desaparecer. Desde el principio supo que, además de inevitable, iba a ser inminente. No pensó en esconderse ni por un minuto. Era extrañamente agradable, cada  vez que era más consciente de su culpa, se sentía más ligero; menos culpable.

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