La sonrisa se dibujó en su conciencia. Se borró todo rastro
de esa antigua culpa, o de esos malos recuerdos. Dejó atrás esa cadena que le
impedía moverse con facilidad. Saboreó
algo parecido a la libertad, aunque fuera de marca blanca. Abrió los ojos
lentamente y miró a su alrededor. Se sentó con parsimonia en el asiento. Notó
miles de miradas que cuchicheaban. Cerró sus ojos. De nuevo ese falso sabor a
libertad. Respiraba entrecortadamente. El cansancio era cada vez más latente,
pero le gustaba.Sentía que el cansancio le abrazaba dulcemente. De fondo aparecían palabras y frases, algunas
terminadas en interrogaciones. Sin embrago, solo se repetía una y otra vez el
estribillo de su canción favorita. Le llevaron de vuelta a la realidad de una
sacudida. Tras un breve zarandeo se dignó a mirar al bastardo que le había
interrumpido en el momento exacto en el que estallaba la música. Le tomó la
muñeca con fuerza y le apretó las esposas, agarrando el otro extremo al brazo
de la silla donde se sentaba. Resignado, suspiró mientras se acariciaba la
muñeca dolorida. Aún tenía rastros grasientos y viscosos en su camisa. Desde
una esquina un gordinflón hablaba con alguien que una puerta abierta escondía
de su vista. El gordinflón le señaló con los papeles que tenía entre sus dedos
chorizos. Lo tomaron por la espalda, quitándole las esposas y llevándole hasta
la habitación donde se escondía el tipo. Antes de pasar, se giró:
- He sido yo, ya os lo he dicho. Soy culpable.- Qué dulce le
era decir aquello.
- Lo sabemos- Le empujó dentro de la habitación con fuerza-
ahora quiero que nos expliques cómo lo hiciste.
Estaba demasiado oscuro para sus ojos, aunque solo fueron
unos segundo. Le condujeron hasta una silla, encendieron una lámpara que
apuntaba a su cara. No hubo tiempo para preguntas, simplemente comenzó a
hablar. Tuvo que sonreír mientras explicaba con detalles todo lo ocurrido.
Disfrutó viendo la cara de repulsión de quién le entrevistaba. Miró con
indiferencia su camisa y arañó una de las manchas que poseía, como un intento de hacerla desaparecer. Desde el
principio supo que, además de inevitable, iba a ser inminente. No pensó en
esconderse ni por un minuto. Era extrañamente agradable, cada vez que era más consciente de su culpa, se
sentía más ligero; menos culpable.

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