Sombras con luz propia se mueven a mí
alrededor. Parpadeo con fuerza. Las voces son muy nítidas y me vuelven a contar
la historia de siempre "¿hola? qué alegría ¿Cómo estás?" Unas manos
me toman los hombros y me dan dos besos. Torpemente le respondo al beso e
intento tocarle el hombro, ¿quién me había dicho que era? Me abandona y continúo
caminando. Siguen moviéndose ciertas sombras, esta vez con colores diferentes,
gritando de forma distinta. Tropiezo con algo bastante grande, caigo de bruces.
Con las manos voy palpando el suelo, de miles de cuadraditos, el relieve se ha
quedado clavado en mis manos y rodillas. Huele a polvo y a humedad, se sienten
pasos, y me parece todo demasiado gris. Varias manos me ponen en pie, me sacudo
y doy las gracias. Intento andar con más calma. El viento me ha puesto el pelo
sobre los ojos. Acerco mis palmas y veo los arañazos del suelo. Suspiro. Con cuidado saco mis amigos cristales, me
pongo mis grandes monturas y miro de nuevo. El parque está repleto de niños, de
madres estresadas con un cigarrillo en la boca, de adolescentes riendo en
esquinas. Hay perros corriendo y ladrando a sus dueños, o paseando
tranquilamente por la hierba. Mis rodillas estaban totalmente rojas, al igual
que mis codos. Con mi dedo corazón me subo las gafas, colocándolas bien.
Sin querer les pego los dedos a los cristales. Una mancha en mitad del paisaje.
Mis queridas compañeras, las tomo con cuidado y se resbalan. Intento mirar al
suelo, no distingo nada. Vuelvo a suspirar y las piso con fuerza. No merece la pena ver tan bien, para lo
que hay que ver.

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