Hacía cincuenta años
que no me quedaba tan quieto escuchando el rumor del mar, o quizás no era tan
sólo eso lo que escuchaba sino mis propios recuerdos. Bueno, los míos y los de
Víctor que miraba el mismo horizonte que yo, nostálgico y haciendo de segundo
cayado para lo que el primero ya no podía soportar. Supuse que aquel día el
atardecer nos acunaría en su regazo mientras el mar nos contaba los recuerdos
del ayer. Tantas ideas en la mente bullendo, listas para salir y la mayoría he
olvidado cómo plasmarlas. He olvidado cómo escribir. Me he hecho viejo. Y es que hablar de las imperfecciones del
cuerpo humano es como ser engullido por un abismo placentero de amargura
extrema. Como conjugar las incoherencias de la mente con las de la madre
naturaleza. Es como saberlo todo y no haber visto nada. Ser amante de la
belleza enjuta y de la perfección desordenada, de la cólera de los más
absolutos defectos. He visto cientos de
puestas de sol pero ningún amanecer. He visto crecer y marchitarse cientos de
historias. He visto tantas y tantas cosas que el miedo vino por mí. Pensé ¿cómo
no tener miedo de esta sociedad? Si ella está corrompida, pronto lo estaré yo.
¿Cómo no tenerle miedo a esta sociedad? Si me mintieron, si cuando intenté
abrirme paso consiguieron que me replegara. Víctor me sonreía, mi niño, mi hijo.
Hacía cincuenta años que no pensaba en la felicidad, que no salía de mi
escondite. Pero he aprendido que vivir es un arte y que nunca es tarde para
descubrir la dulzura de un silencio, para descubrir que tener miedo, forma
parte del arte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario