jueves, 4 de septiembre de 2014

Rumor

Hacía cincuenta años que no me quedaba tan quieto escuchando el rumor del mar, o quizás no era tan sólo eso lo que escuchaba sino mis propios recuerdos. Bueno, los míos y los de Víctor que miraba el mismo horizonte que yo, nostálgico y haciendo de segundo cayado para lo que el primero ya no podía soportar. Supuse que aquel día el atardecer nos acunaría en su regazo mientras el mar nos contaba los recuerdos del ayer. Tantas ideas en la mente bullendo, listas para salir y la mayoría he olvidado cómo plasmarlas. He olvidado cómo escribir. Me he hecho viejo.  Y es que hablar de las imperfecciones del cuerpo humano es como ser engullido por un abismo placentero de amargura extrema. Como conjugar las incoherencias de la mente con las de la madre naturaleza. Es como saberlo todo y no haber visto nada. Ser amante de la belleza enjuta y de la perfección desordenada, de la cólera de los más absolutos defectos.  He visto cientos de puestas de sol pero ningún amanecer. He visto crecer y marchitarse cientos de historias. He visto tantas y tantas cosas que el miedo vino por mí. Pensé ¿cómo no tener miedo de esta sociedad? Si ella está corrompida, pronto lo estaré yo. ¿Cómo no tenerle miedo a esta sociedad? Si me mintieron, si cuando intenté abrirme paso consiguieron que me replegara. Víctor me sonreía, mi niño, mi hijo. Hacía cincuenta años que no pensaba en la felicidad, que no salía de mi escondite. Pero he aprendido que vivir es un arte y que nunca es tarde para descubrir la dulzura de un silencio, para descubrir que tener miedo, forma parte del arte.

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