martes, 8 de marzo de 2016

Escaleras.

El tiempo lo cambia todo, nos da motivos para cambiar, nos transforma. 
Para los que siguen el blog esta entrada les va a resultar familiar y es que proviene de una idea anterior, más suave que ya subí antes (si queréis leerla está justo aquí). Son puntos de vista diferentes de unas palabras similares. Tomad esto, simplemente, como un homenaje al día de la mujer que hoy nos acompaña, que entre uno de tantos ámbitos que podría ser escogí este, que ya tuvo día propio, porque es el que más sentimos, el que más, aunque con los ojos cerrados, vemos. 

ESCALERAS.

Tus manos trazan círculos irregulares en mi cintura, se deslizan saboreando cada curva de mi inocencia por mi espalda. Llegas al cuello y tus labios depositan el beso que creía el más tierno del mundo y susurras un nombre, mi nombre. Los parpados parece que me pesan. Se cierran mis ojos y llueve sobre mis mejillas. Los besos siguen, tus manos acogen mis brazos y se supone que me acunas desde atrás.
Eres mía
Aspiras el aroma de mi sonrisa que ya no es curva y me vuelvo. La botella emprende el vuelo, se estrella contra el suelo y los cristales se derraman cual líquido por las escaleras. Mis manos cóncavas sujetan la ebriedad de tu rostro y tu sonrisa de lobo muerde la mía. Muerdes, me alejo y te miro, estoy perdiendo el norte en mi brújula y tengo miedo. Pero vuelves a sonreír, me abrazas de nuevo y parece que volvemos a empezar.
Todo se deshace en oscuridad; menos besos, menos canciones y miro dentro de mi esencia; me pierdo. ¿Dónde están los besos? ¿Dónde están las canciones? ¿Dónde está la libertad? ¿Dónde estabas? ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estaba que no me daba cuenta donde iba? ¿Dónde estaba que no sabía que no me lo merecía?
Vuelven los besos, vuelven las canciones y escucho el murmullo del mar. Encuentro una sonrisa amarga con las siguientes lágrimas y se supone que tu luz me envuelve, que hemos pasado página, que ya se acabó porque dijiste que ibas a cambiar. Agrio sabor a invierno.
A la tercera va la vencida dicen. Me deshago en miedo, tu mano se acerca, se aferra, me aferra, el color violáceo de mi piel se extiende por los brazos, por el pecho por la mejilla. Me preguntan; fueron las escaleras, dije; resbalé, dije; me caí en el baño, dije. Y no fue así, eras tú. Que porqué no lo vi venir, dijeron; que porqué no me dejé ayudar, dijeron; que porqué nadie lo vio; porqué nadie preguntó, por qué todos cerraron los ojos y se perdieron ¿Por qué me perdí?
Te miro a los ojos, la botella sigue en el suelo, cristalizada, con el carmín que se derrama, como yo, por las escaleras. Aprieto los puños, por un instante fugaz parece que dejo de tener miedo y tus ojos ebrios al fin, parece que me ven, al fin, parecen saber que existe un yo, que las muñecas de porcelana se extinguieron, al fin ya no estás. Ya no estoy. Y tú, tú, como la botella de vino barato que consumías, te caíste por las escaleras

lunes, 7 de diciembre de 2015

"Sigo respirando"

"y creo que quiero seguir viva.
Si
go
res
pi
ran
do."
Elvira Sastre


Un papel en blanco, ése se ha convertido en el mayor de mis miedos. Desde entonces me escondo tras esa falta de tiempo, como quien sólo quiere saltar al vacío y se excusa diciendo que tiene vértigo. Desde entonces no siento con la misma intensidad, como quien convierte sus intentos suicidas en rutina. Desde entonces mi tiempo ni corre ni se para, simplemente está, como quien espera y mira su reloj sabiendo que no viene nadie. Y, desde entonces, soy menos yo, más irreal, como quien deambula ignorando mapas, dejando que su alma esté donde quiere estar.


Desde entonces, sólo sobrevivo.


Sobrevivo. Como si con ello bastara, como si de esperar me fueran a crecer alas, como si restar sentido a la vida fuera algo (con)sentido. Y digo hacer lo imposible por vencer el miedo, como quien intenta acariciar a alguien tras un cristal, como quien se llama valiente mientras huye, como quien sólo sobrevive.

Con eso me es suficiente, ¡maldito conformismo!. Me basta con lamentarme de mi miedo, de lo que no puedo hacer, de lo que perdí, de lo que nunca ganaré. -Sobrevivo, que no es poco- me digo. Y me engaño. Y me dejo creérmelo. Con eso me es suficiente.

Con eso me era suficiente.

-¡Suficiente!- me grito. Rompo todas las páginas inacabadas, salto al vacío acompañada de mi vértigo, retomo la intensidad ignorando al reloj, vendiéndome a mi imaginación para que me lleve a todos los lugares que nunca fui, a los que nunca volveré y a los que siempre estaré sin estar. Me consiento dar sentido a mi vida y salpico de tinta, como sangre que se derrama, todo aquello que me da miedo, no como quien grita en una estación vacía, sino como el que en lugar de apuntar a quien teme, le da la pistola a sus propios fantasmas, a su mayor enemigo, y les da la libertad de sentirse tan derrotados, que sean ellos los que para ganar, aprieten el gatillo.

martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué encontré abajo?

Miras a un lado y a otro. Se agolpan miles de sentimientos en tu corazón que rebotan como si jugara al baloncesto. Asomada a la borda piensas en tus opciones, ¿te tiras? ¿bajas por las escaleras? ¿te quedas sentada como hasta ahora? Decides bajar por las escaleras, muy lentamente, mientras algunos niños suben corriendo y resbalando, y otros empujan a tu espalda para bajar. ¿Te lanzas desde el escalón? ¿O bajas hasta el final? Te lanzas chapoteando, el frío que toma tu garganta te hace un nudo que va desde tu boca hasta los riñones. Sigues chapoteando, con un agobio monumental, y entonces caes en la cuenta de que estás en pleno mar y que tus movimientos pueden llamar la atención de algún ser escamoso. Intentas relajarte pero tu respiración parece saltarse los segundos en los que tu corazón se congela. Mueves las manos tranquilamente, aunque tiemblan casi tanto como tus piernas, que parecen inmóviles.

¿Y si miro debajo del agua? ¿Me tranquilizaré? Seguramente. Hundes la cabeza poco a poco y ves la inmensidad que te abraza. Tiemblas. El barco parece el doble de grande, y a la vez minúsculo en comparación con el agua. Es muy azul, muy oscura y profunda. Ves que a muchos metros hay tierra. Tiemblas, tiemblas y te arrepientes de haber nacido para ver eso. Miras al otro lado, donde no hay barco, maldita inmensidad. Maldito océano. Levantas la cabeza respirando peor, miras a tu alrededor como todos chapotean. Inconscientes, piensas, mientras con resignación y una sonrisilla falsa vas hacia la escalera para sentir a salvo el poco pellejo que tienes. 

viernes, 28 de agosto de 2015

Eres lo más bonito que he hecho por mí

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas 
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
G. A. Bécquer

Dicen que perderse es la mejor forma de encontrarse. Tal vez sea cierto, porque aunque el precio haya sido haber perdido, entre otras cosas, la poesía, ahora sabe mucho mejor. Ahora que he conocido a alguien, soy yo y he decidido que voy a darme una oportunidad. Ahora que lo difícil no es olvidarte, es querer hacerlo, yo he descubierto el mecanismo para que el mundo deje de girar y se reduzca a papel salpicado de tinta. Ahora que mi miedo se quita las bragas y se lanza a bailar con todos los semáforos en rojo. Ahora que ha vuelto la poesía, que he vuelto yo.

Ahora, antes que la cartera, antes incluso que los auriculares, lo primero que entra en el bolso es un libro, dos si se va a alargar el tiempo, porque alguien me dijo que no hay que leer demasiada poesía seguida, hay que saborearla, releerla y regalarse tiempo. Sólo cuando su gusto haya dejado de deambular por el cuerpo es cuando se puede cambiar de poema. Pero siempre sin llegar a emborracharse de poesía. 

Un cambio siempre es difícil, sea cual sea. A veces, incluso, te regalas tanto a la pérdida que ignoras el valor que tiene lo nuevo que viene. Y justo en ese regalarme al adiós de la poesía clásica, llegaste tú. Como una erupción de letras capaces de nublar la vista y es que cualquiera diría al verte que los catastrofistas fallaron, no era el fin del mundo el que venía, eras tú.

Ahora yo me vuelvo a refugiar en los poemas y vosotros deberíais hacer lo mismo, de la mano de Elvira Sastre, por ejemplo, y así, entre verso y verso, tal vez también seáis capaces de quitar el "sobre" que atra vuestro vivir".


*Las frases en negrita y cursiva son versos de Elvira Sastre

viernes, 24 de julio de 2015

Contigo

Para completar nuestro primer ciclo de cumpleaños queda nuestro último punto cardinal para que nuestra brújula no pierda su sentido, para que nosotros no perdamos el nuestro. Quizás es por eso por lo que es tan importante, es la parte de nosotros que nos termina de completar. Cada uno a su manera, cada uno a su forma, completa esta brújula formada por cuatro puntos, con sus diferencias y semejanzas. Individualmente, contamos con nuestras carencias, en conjunto, formamos la unión en perfecta armonía.
Una felicitación es, simplemente, un pretexto para agradecer, rememorar y sabernos un poco más humanos, un poco más contigo, burlando, como siempre, la distancia gracias a esa tinta que ojalá todos las moldearan como tú; la vida así sería un poco más vida.
Laura Plaza, gracias por tanto, por tan poco comparado con lo que nos queda. Feliz cumpleaños.

martes, 14 de julio de 2015

Amanecer. Tú.

La palabra es una de las armas más poderosas que existen. Es capaz de destruir personas, de separarlas. Pero también es capaz de unir, esa unión es la que ha conseguido darnos vida ayudando a convertir los puntos en comas.
Hoy queremos felicitar a la última pata que ha conseguido que este banco se mantenga en pie, el cuarto punto que ha dado sentido a la brújula, la chispa (aunque el optimismo no sea tu fuerte) que nos faltaba.
Alejandro Ramírez Arroyo, gracias por ayudarnos a construtirnos, por ser la parte de la palabra que une. Gracias por estar presente, por comprender y apoyar, y por regalarnos lo más preciado de todo, esa parte de tu voz que resuena de manera diferente en cada persona.
Feliz cumpleaños a nuestro amanecer. Este.

lunes, 29 de junio de 2015

Libertad de marca blanca

La sonrisa se dibujó en su conciencia. Se borró todo rastro de esa antigua culpa, o de esos malos recuerdos. Dejó atrás esa cadena que le impedía moverse con  facilidad. Saboreó algo parecido a la libertad, aunque fuera de marca blanca. Abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Se sentó con parsimonia en el asiento. Notó miles de miradas que cuchicheaban. Cerró sus ojos. De nuevo ese falso sabor a libertad. Respiraba entrecortadamente. El cansancio era cada vez más latente, pero le gustaba.Sentía que el cansancio le abrazaba dulcemente.  De fondo aparecían palabras y frases, algunas terminadas en interrogaciones. Sin embrago, solo se repetía una y otra vez el estribillo de su canción favorita. Le llevaron de vuelta a la realidad de una sacudida. Tras un breve zarandeo se dignó a mirar al bastardo que le había interrumpido en el momento exacto en el que estallaba la música. Le tomó la muñeca con fuerza y le apretó las esposas, agarrando el otro extremo al brazo de la silla donde se sentaba. Resignado, suspiró mientras se acariciaba la muñeca dolorida. Aún tenía rastros grasientos y viscosos en su camisa. Desde una esquina un gordinflón hablaba con alguien que una puerta abierta escondía de su vista. El gordinflón le señaló con los papeles que tenía entre sus dedos chorizos. Lo tomaron por la espalda, quitándole las esposas y llevándole hasta la habitación donde se escondía el tipo. Antes de pasar, se giró:
- He sido yo, ya os lo he dicho. Soy culpable.- Qué dulce le era decir aquello.  
- Lo sabemos- Le empujó dentro de la habitación con fuerza- ahora quiero que nos expliques cómo lo hiciste.
Estaba demasiado oscuro para sus ojos, aunque solo fueron unos segundo. Le condujeron hasta una silla, encendieron una lámpara que apuntaba a su cara. No hubo tiempo para preguntas, simplemente comenzó a hablar. Tuvo que sonreír mientras explicaba con detalles todo lo ocurrido. Disfrutó viendo la cara de repulsión de quién le entrevistaba. Miró con indiferencia su camisa y arañó una de las manchas que poseía, como un  intento de hacerla desaparecer. Desde el principio supo que, además de inevitable, iba a ser inminente. No pensó en esconderse ni por un minuto. Era extrañamente agradable, cada  vez que era más consciente de su culpa, se sentía más ligero; menos culpable.