El tiempo lo cambia todo, nos da motivos para cambiar, nos transforma.
Para los que siguen el blog esta entrada les va a resultar familiar y es que proviene de una idea anterior, más suave que ya subí antes (si queréis leerla está justo aquí). Son puntos de vista diferentes de unas palabras similares. Tomad esto, simplemente, como un homenaje al día de la mujer que hoy nos acompaña, que entre uno de tantos ámbitos que podría ser escogí este, que ya tuvo día propio, porque es el que más sentimos, el que más, aunque con los ojos cerrados, vemos.
ESCALERAS.
Tus manos trazan círculos irregulares en mi cintura, se
deslizan saboreando cada curva de mi inocencia por mi espalda. Llegas al cuello
y tus labios depositan el beso que creía el más tierno del mundo y susurras un
nombre, mi nombre. Los parpados parece que me pesan. Se cierran mis ojos y
llueve sobre mis mejillas. Los besos siguen, tus manos acogen mis brazos y se
supone que me acunas desde atrás.
‘Eres mía’
Aspiras el aroma de mi sonrisa que ya no es curva y me
vuelvo. La botella emprende el vuelo, se estrella contra el suelo y los
cristales se derraman cual líquido por las escaleras. Mis manos cóncavas
sujetan la ebriedad de tu rostro y tu sonrisa de lobo muerde la mía. Muerdes,
me alejo y te miro, estoy perdiendo el norte en mi brújula y tengo miedo. Pero
vuelves a sonreír, me abrazas de nuevo y parece que volvemos a empezar.
Todo se deshace en oscuridad; menos besos, menos canciones y
miro dentro de mi esencia; me pierdo. ¿Dónde están los besos? ¿Dónde están las
canciones? ¿Dónde está la libertad? ¿Dónde estabas? ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde
estaba que no me daba cuenta donde iba? ¿Dónde estaba que no sabía que no me lo
merecía?
Vuelven los besos, vuelven las canciones y escucho el
murmullo del mar. Encuentro una sonrisa amarga con las siguientes lágrimas y se
supone que tu luz me envuelve, que hemos pasado página, que ya se acabó porque
dijiste que ibas a cambiar. Agrio sabor a invierno.
A la tercera va la vencida dicen. Me deshago en miedo, tu
mano se acerca, se aferra, me aferra, el color violáceo de mi piel se extiende
por los brazos, por el pecho por la mejilla. Me preguntan; fueron las
escaleras, dije; resbalé, dije; me caí en el baño, dije. Y no fue así, eras tú.
Que porqué no lo vi venir, dijeron; que porqué no me dejé ayudar, dijeron; que
porqué nadie lo vio; porqué nadie preguntó, por qué todos cerraron los ojos y
se perdieron ¿Por qué me perdí?
Te miro a los ojos, la botella sigue en el suelo,
cristalizada, con el carmín que se derrama, como yo, por las escaleras. Aprieto
los puños, por un instante fugaz parece que dejo de tener miedo y tus ojos
ebrios al fin, parece que me ven, al fin, parecen saber que existe un yo, que
las muñecas de porcelana se extinguieron, al fin ya no estás. Ya no estoy. Y
tú, tú, como la botella de vino barato que consumías, te caíste por las
escaleras.

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