martes, 20 de octubre de 2015

¿Qué encontré abajo?

Miras a un lado y a otro. Se agolpan miles de sentimientos en tu corazón que rebotan como si jugara al baloncesto. Asomada a la borda piensas en tus opciones, ¿te tiras? ¿bajas por las escaleras? ¿te quedas sentada como hasta ahora? Decides bajar por las escaleras, muy lentamente, mientras algunos niños suben corriendo y resbalando, y otros empujan a tu espalda para bajar. ¿Te lanzas desde el escalón? ¿O bajas hasta el final? Te lanzas chapoteando, el frío que toma tu garganta te hace un nudo que va desde tu boca hasta los riñones. Sigues chapoteando, con un agobio monumental, y entonces caes en la cuenta de que estás en pleno mar y que tus movimientos pueden llamar la atención de algún ser escamoso. Intentas relajarte pero tu respiración parece saltarse los segundos en los que tu corazón se congela. Mueves las manos tranquilamente, aunque tiemblan casi tanto como tus piernas, que parecen inmóviles.

¿Y si miro debajo del agua? ¿Me tranquilizaré? Seguramente. Hundes la cabeza poco a poco y ves la inmensidad que te abraza. Tiemblas. El barco parece el doble de grande, y a la vez minúsculo en comparación con el agua. Es muy azul, muy oscura y profunda. Ves que a muchos metros hay tierra. Tiemblas, tiemblas y te arrepientes de haber nacido para ver eso. Miras al otro lado, donde no hay barco, maldita inmensidad. Maldito océano. Levantas la cabeza respirando peor, miras a tu alrededor como todos chapotean. Inconscientes, piensas, mientras con resignación y una sonrisilla falsa vas hacia la escalera para sentir a salvo el poco pellejo que tienes. 

viernes, 28 de agosto de 2015

Eres lo más bonito que he hecho por mí

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas 
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.
G. A. Bécquer

Dicen que perderse es la mejor forma de encontrarse. Tal vez sea cierto, porque aunque el precio haya sido haber perdido, entre otras cosas, la poesía, ahora sabe mucho mejor. Ahora que he conocido a alguien, soy yo y he decidido que voy a darme una oportunidad. Ahora que lo difícil no es olvidarte, es querer hacerlo, yo he descubierto el mecanismo para que el mundo deje de girar y se reduzca a papel salpicado de tinta. Ahora que mi miedo se quita las bragas y se lanza a bailar con todos los semáforos en rojo. Ahora que ha vuelto la poesía, que he vuelto yo.

Ahora, antes que la cartera, antes incluso que los auriculares, lo primero que entra en el bolso es un libro, dos si se va a alargar el tiempo, porque alguien me dijo que no hay que leer demasiada poesía seguida, hay que saborearla, releerla y regalarse tiempo. Sólo cuando su gusto haya dejado de deambular por el cuerpo es cuando se puede cambiar de poema. Pero siempre sin llegar a emborracharse de poesía. 

Un cambio siempre es difícil, sea cual sea. A veces, incluso, te regalas tanto a la pérdida que ignoras el valor que tiene lo nuevo que viene. Y justo en ese regalarme al adiós de la poesía clásica, llegaste tú. Como una erupción de letras capaces de nublar la vista y es que cualquiera diría al verte que los catastrofistas fallaron, no era el fin del mundo el que venía, eras tú.

Ahora yo me vuelvo a refugiar en los poemas y vosotros deberíais hacer lo mismo, de la mano de Elvira Sastre, por ejemplo, y así, entre verso y verso, tal vez también seáis capaces de quitar el "sobre" que atra vuestro vivir".


*Las frases en negrita y cursiva son versos de Elvira Sastre

viernes, 24 de julio de 2015

Contigo

Para completar nuestro primer ciclo de cumpleaños queda nuestro último punto cardinal para que nuestra brújula no pierda su sentido, para que nosotros no perdamos el nuestro. Quizás es por eso por lo que es tan importante, es la parte de nosotros que nos termina de completar. Cada uno a su manera, cada uno a su forma, completa esta brújula formada por cuatro puntos, con sus diferencias y semejanzas. Individualmente, contamos con nuestras carencias, en conjunto, formamos la unión en perfecta armonía.
Una felicitación es, simplemente, un pretexto para agradecer, rememorar y sabernos un poco más humanos, un poco más contigo, burlando, como siempre, la distancia gracias a esa tinta que ojalá todos las moldearan como tú; la vida así sería un poco más vida.
Laura Plaza, gracias por tanto, por tan poco comparado con lo que nos queda. Feliz cumpleaños.

martes, 14 de julio de 2015

Amanecer. Tú.

La palabra es una de las armas más poderosas que existen. Es capaz de destruir personas, de separarlas. Pero también es capaz de unir, esa unión es la que ha conseguido darnos vida ayudando a convertir los puntos en comas.
Hoy queremos felicitar a la última pata que ha conseguido que este banco se mantenga en pie, el cuarto punto que ha dado sentido a la brújula, la chispa (aunque el optimismo no sea tu fuerte) que nos faltaba.
Alejandro Ramírez Arroyo, gracias por ayudarnos a construtirnos, por ser la parte de la palabra que une. Gracias por estar presente, por comprender y apoyar, y por regalarnos lo más preciado de todo, esa parte de tu voz que resuena de manera diferente en cada persona.
Feliz cumpleaños a nuestro amanecer. Este.

lunes, 29 de junio de 2015

Libertad de marca blanca

La sonrisa se dibujó en su conciencia. Se borró todo rastro de esa antigua culpa, o de esos malos recuerdos. Dejó atrás esa cadena que le impedía moverse con  facilidad. Saboreó algo parecido a la libertad, aunque fuera de marca blanca. Abrió los ojos lentamente y miró a su alrededor. Se sentó con parsimonia en el asiento. Notó miles de miradas que cuchicheaban. Cerró sus ojos. De nuevo ese falso sabor a libertad. Respiraba entrecortadamente. El cansancio era cada vez más latente, pero le gustaba.Sentía que el cansancio le abrazaba dulcemente.  De fondo aparecían palabras y frases, algunas terminadas en interrogaciones. Sin embrago, solo se repetía una y otra vez el estribillo de su canción favorita. Le llevaron de vuelta a la realidad de una sacudida. Tras un breve zarandeo se dignó a mirar al bastardo que le había interrumpido en el momento exacto en el que estallaba la música. Le tomó la muñeca con fuerza y le apretó las esposas, agarrando el otro extremo al brazo de la silla donde se sentaba. Resignado, suspiró mientras se acariciaba la muñeca dolorida. Aún tenía rastros grasientos y viscosos en su camisa. Desde una esquina un gordinflón hablaba con alguien que una puerta abierta escondía de su vista. El gordinflón le señaló con los papeles que tenía entre sus dedos chorizos. Lo tomaron por la espalda, quitándole las esposas y llevándole hasta la habitación donde se escondía el tipo. Antes de pasar, se giró:
- He sido yo, ya os lo he dicho. Soy culpable.- Qué dulce le era decir aquello.  
- Lo sabemos- Le empujó dentro de la habitación con fuerza- ahora quiero que nos expliques cómo lo hiciste.
Estaba demasiado oscuro para sus ojos, aunque solo fueron unos segundo. Le condujeron hasta una silla, encendieron una lámpara que apuntaba a su cara. No hubo tiempo para preguntas, simplemente comenzó a hablar. Tuvo que sonreír mientras explicaba con detalles todo lo ocurrido. Disfrutó viendo la cara de repulsión de quién le entrevistaba. Miró con indiferencia su camisa y arañó una de las manchas que poseía, como un  intento de hacerla desaparecer. Desde el principio supo que, además de inevitable, iba a ser inminente. No pensó en esconderse ni por un minuto. Era extrañamente agradable, cada  vez que era más consciente de su culpa, se sentía más ligero; menos culpable.

martes, 9 de junio de 2015

Dicen

Es lo único que debería importarnos; el miedo.

Siempre había escuchado que para quién tiene miedo todo son ruidos. Vivía en una sociedad donde el silencio quedaba ahogado por las mentiras, donde se olvidaba fácilmente la belleza de un instante ante el avance tecnológico de lo absurdo ¿qué ocurría entonces? ¿era la sociedad la que trataba de infundirles el miedo?
Siempre había amado la mar. Cada poro de su piel reaccionaba con el aire salino que trataba de apropiarse de la arena. El agua comenzaba a cubrir las rocas de la cueva, marea alta. Pronto anochecería. Le parecía sobrecogedor el efecto que tenía la luna sobre sus miedos. 
El frío comenzaba a morderle la piel. Era como un beso incesante de placer contenido. Siempre le había gustado el frío en la noche o en un día de lluvia. O en el mar, sobretodo en el mar. Quizás cuando volviese a casa todo habría cesado, el frío, el miedo, la incertidumbre. Cuando volviese a casa. Dicen que los suspiros son palabras eternas nunca pronunciadas, palabras ahogadas en el mar de una noche que no acaba nunca, casi intemporal. Dicen demasiadas cosas, pensó.
Parecía un autómata, cada paso que daba se convertía en una brecha en el pensamiento de todos aquellos que se atrevían a mirarla, que descubrían su existencia entre las sombras de la oscuridad de la noche. Sus ojos cual faros negros proyectaban la ira contenida de la historia. Pero, ¿qué no destacaba más que una mente libre? ¿qué no iba a hacer que todos aquellos ojos acusadores la mirasen cual especie en extinción?
El mar se alejaba como el ruido de las campanas de la iglesia, como la consciencia se abandona a la muerte, como todo lo que amas. Y así iba dejando paso a lo sobrecogedor, a lo que aun no estaba escrito. Pronto llegaría a casa para abandonarla, para ocultar ahí todos los sueños que no había sabido arrojar al mar, que no había sabido olvidar. Y quien sabe si volvería algún remoto día a recuperarlos, a saber si realmente todo aquel ruido había cesado, a comprender que el mar siempre seguiría ahí.
Realmente el mayor placer era la incertidumbre.La sonrisa se dibujó en su conciencia. 

lunes, 11 de mayo de 2015

Qué nos queda

Resignación. Es lo único que le queda a esta altura de la vida. El resto de sus pertenencias las tuvo que dar, mayormente a cambio de algo que contuviera más de cinco grados de alcohol o que pudiera ocupar sus pulmones durante unos segundo, y su cabeza por horas. Camina despacio, ya no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Se mueve sin un rumbo, simplemente buscando algo que pueda echar en su carro. Sus paseos le llevan a sentarse en cualquier lugar. También han conseguido que su piel arrugada se cuarte y tenga un moreno sucio. Un día, incluso, se sentó al lado de mi contenedor de basura. Recuerdo que llevaba una gorra, ropa algo antigua, y que la resignación le pesaba mucho más que los años que pudiera tener. Parecía hablar consigo mismo, pero en silencio. Miraba con rapidez a un lado y a otro, pero sin buscar nada en particular. Bueno, quizás la resignación de sus ojos hiciera juego con el rojo que ocupaba lo que en algún momento fue blanco. No llegué a olerlo, pero no creo que oliera mal, creo que olería a recuerdos, a mala vida, a cansancio. Tenía las piernas cruzadas cuando pronunció algo muy bajito, en su propio idioma. No pude obviar su presencia, pero temía mirarlo, sentir que podría entender lo que estaba diciendo. Me bastó mirarle de lejos para saber que no querría estar en su lugar, para que me invadiera la pena. Pero también me transmitió su pesar, su resignación humana. Temblé cuando pasé a su lado e hice ver que le ignoraba. Temblé por mi mimetismo social, por ese conformismo estamental tan medieval. Por no mostrar compasión y solo sentirla. Por pensar que puede haber mejores y peores personas, pero no llegar a conocer a ninguna, y sin embargo clasificarlas. De nuevo, nos resignamos a ser humanos, cada uno con su rol. Es lo que nos queda a todos al fin y al cabo, pues llegará un momento en el que ninguno de nosotros podamos permitirnos ni cinco grados de cualquier alcohol.