La puerta se
abrió y, aun cegado por la luz, pude ver a quien sería mi verdugo. -Sal, anda,
parece que hoy es tu día de suerte- dijo aquel hombre. Yo le di mis manos para
que las uniera y así lo hizo.
Y me encontré
ante el juez. Su expresión parecía cansada de escuchar mentira tras mentira.
Sonreí y me acerqué a él dispuesto a decir la verdad.
-La vida ahí
fuera no es nada fácil, ¿sabe?- comencé a decir. -Y yo soy culpable, robé, mas si
lo hice fue porque aquí me aseguraban techo y un plato de comida al día. Y si robé donde más había fue porque así mi condena sería mayor. Pero no se
preocupe, señor juez, que robar no fue mi primera opción. Antes de hacerlo
recordé esos versos “oh poderosa muerte, que con callado pie todo lo igualas”.
Mas a estas alturas pensé, ¿quién me asegura que aún no hayan comprado mi trozo
de cielo? Y aquí me ve, esperando saber qué será de mí, si podré respirar con
la seguridad que me otorga el saber que me espera un día más, igual al
anterior, o si tendré que respirar ahí fuera, con esa duda de no saber si el
aire que respiro es mío.
-¿Eso es todo?-
preguntó el juez.
-Supongo que sí-
contesté.
Tomó nota,
sonrió y, mientras un policía soltaba mis esposas, afirmó: -enhorabuena, es
usted libre-.
